Éxtasis (1996)


La cinta se desarrolla a ritmo de thriller, y Mariano Barroso explora todas sus posibilidades 

Gracias a cineastas como Álex de la Iglesia, Juanma Bajo Ulloa, Enrique Urbizu, Alejandro Amenábar, Fernando Cámara o David Alonso, entre otros, el cine español de los años noventa consiguió salir del atolladero. De una vez por todas, se demostró que nuestro cine no tiene por qué derivar en lo de siempre: comedias urbanas de diseño y adaptaciones aburridas de clásicos de la literatura española.

Todos los directores mencionados apostaron con fuerza por el cine de género “a la americana”, sin ningún tipo de complejos. Cualquier espectador con algo de memoria, recordará que sus propuestas no cayeron en saco roto, y alcanzaron un éxito notable: el público se reconcilió con el cine español, que por aquel entonces, ofrecía un aroma novedoso.

De entre toda esta generación de cineastas, haremos hincapié en uno de ellos, que se ha centrado en el género negro aportando obras muy estimables: Mariano Barroso.

El autor de Éxtasis posee una sólida formación. Estudió dirección e interpretación teatral en el Teatro Español de Madrid. Complementaría su formación aprendiendo cinematografía en Sundance y en el American Film Institute. Tan buen aprendizaje nos da las pistas para comprender su cine: partiendo de guiones cuidadosamente elaborados, generalmente, presta especial atención al trabajo con los actores. No es de extrañar que tenga puntos en común con otros dramaturgos y hombres de cine como David Mamet.
En Éxtasis, la relación con el teatro –incluso con la representación, entendida en un sentido más abstracto– queda perfectamente plasmada.

Rober (un Javier Bardem que por momentos recuerda a Matt Dillon) comparte su vida con Ona (Leire Berrocal) y Max (Daniel Guzmán). Son tres rebeldes que aspiran al éxito fácil de la delincuencia. Pero no tardarán en verse en dificultades, y entonces decidirán que es Daniel (Federico Luppi), el padre de Max, al que no ha llegado a conocer, quien les ayudará económicamente.

Más de un cineasta emplearía este punto de partida para plantearnos la enésima historia de desarraigo, delincuentes juveniles, coches robados y carretera. Sin embargo, Mariano Barroso prefiere buscar otra salida a la historia, adentrándose con delicadeza en la representación, en lo teatral: Rober aprovechará ese desconocimiento de Daniel, para hacerse pasar por su hijo. Le bastará con apelar a su mala conciencia, recordándole sutilmente cómo lo abandonó, para reclamarle la ayuda que necesitan. El juego de identidades y engaños desembocará en una fascinación mutua: el falso hijo empezará a admirar al padre, y éste intentará ganarse la confianza del impostor, sin darse cuenta de quién es en realidad. Como vemos, las aventuras de los rebeldes quedan en un discreto segundo plano, para dejar paso a una intriga psicológica que bien podría rubricar Patricia Highsmith.

La cinta se desarrolla con fluidez, a ritmo de thriller, no obstante, Mariano Barroso da un paso más allá, para explorar todas las posibilidades que tiene la representación: Daniel es un prestigioso director de teatro, y prepara un montaje de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. Precisamente, la obra trata sobre un hijo que es traicionado por su propio padre. Daniel no tardará en reconocer el talento de Rober, así que le ofrecerá protagonizar la obra. Crece la tensión entre los personajes, la acción los encamina a un desenlace violento... No obstante, el cineasta no es de gatillo fácil, y sabe imprimir ciertas dosis de abstracción, demorando el desenlace.

Mariano Barroso se decanta por una puesta en escena sencilla, que nos permite apreciar los detalles de la acción. Destacan las secuencias nocturnas, enérgicas gracias a unos colores vivos –no pasaremos por alto la estupenda dirección artística de Ion Arretxe–.

Gracias a películas como Éxtasis, apreciamos que también en España, se pueden hacer valiosas películas de género negro, donde la densidad de la trama, la riqueza de los personajes, se integren en una acción envolvente. Todo ello aportando una dignidad estética. Con títulos como éste, podemos pensar que sí, que definitivamente, nuestro cine ha alcanzado la madurez. Y en cierto modo, nosotros también podemos protagonizar los mejores thrillers.

David G. Panadero
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