Casablanca (1942)

Ese triángulo que protagoniza Bogart, nada equilátero, poco isósceles y muy escaleno, lleva generaciones fascinando a los espectadores. Humphrey Bogart es un ideal de comportamiento para muchos, precisamente por defender su amor a los bares, caiga quien caiga 
Bares, qué lugares
No hace mucho, ni hace tanto, la legendaria Casablanca alcanzó la provecta edad (65 años) de merecer una suculenta pensión de la Seguridad Social. Ese día se difundió la votación auspiciada entre sabios, gurús y tertulianos ad hoc por el American Film Institute. Eligieron el Top Ten de películas de amor más mejores de todas las Eternidades del Cosmos, o así.
Casablanca, claro, ganó. Caneó chatín a las dos siguientes películas, vetadas a diabéticos, de la lista de marras: la estomacante Love Story y el noño adulterio de Los Puentes de Madison. No es nada nuevo ni sorprendente. En estas decaditas, Casablanca no se ha apeado de las cumbres del Escalafón Cinéfilo del Amor. Lo que asombra, pasma y deslumbra es que haya llegado a formar parte de él. Me explico. Sigue un flashback.
Situémonos en 1942. Los Estados Unidos están a puntito de tomar la alternativa y debutar con picadores y banderilleros en el Macrosarao bélico en el que, desde 1939, tomaba parte medio planeta. Lógicamente, la industria norteamericana se dedicó a proveer de utillaje, aparejos y chuches varias para participar, con garantías en la inminente Hazaña Bélica. A saber: uniformes, correajes, pistolones, balas, tanques...
Quedaban menos dólares para pelis. Pero la pobreza, además del hambre, agudiza el ingenio y, al fin y al cabo, los grandes estudios de Hollywood siempre se las habían ingeniado con ná y menos para crear el maravilloso, artificioso y subyugante Cine Clásico. Entre las producciones del citado año 42, se encontraba una de la Warner Bros (productora especializada en cine policial y en fantasías animadas de ayer y hoy), basada en una mediocre pero eficaz obra de teatro, Everybody goes to Rick´s (Todo el mundo va a Casa Rick) que, para la ocasión, se rebautizó con el exótico nombre de Casablanca, y se reescribió, con desgana y desdén, durante los minutos basura de los formidables e indisciplinados (lo uno suele ir con lo otro) guionistas Hermanos Epstein.
Para la ocasión, se buscó un reparto de saldo, que reunía a un baqueteado secundario del cine negro, a quien los papeles de matón de cuarta en producciones de quinta, le habían dejado el colmillo más retorcido que un sacacorchos. Era un tal Humphrey Bogart, que fue acompañado por una trascendentaloide actriz sueca, Ingrid Bergman. Se les rodeo de eficaces y fabulosos secundarios de a tanto la peonada.
A saber: el solemne e inexpresivo Paul Henreid (Víctor Lazslo como patriota iluminado); el gran, gran Claude Rains (como sabio y cínico Capitán Renaud); el literalmente enorme Sydney Greenstreet; el desconfiado Peter Lorre (como Ugarte, comadreja servil y espantadiza) y Dooley Wilson interpretando a TócalaotravezSam, el gracioso, sufrido y servil negro (digo, complaciente persona de color) que, por aquel entonces, servía de aliño étnico de todo film que se preciase de ser progre.
Dirigió Michael Curtiz, rápido y eficiente artesano, que rodó a trompicones, en un decorado de aluvión cuajado con sobras de otras películas. El guión fue escrito de un día para otro, y gracias a un mañoso montaje, salió una obra maestra. De churro, de chiripa, de moco, pero, al fin y al cabo, obra maestra.
También son obras maestras El acorazado Potemkin o Cuerno de Cabra, y son dos coñazos que no soporta nadie. Casablanca es otra cosa: oficiales nazis, refugiados de guerra, jugadores, timadores, bebedores, pendolistas, chantajistas, haraganes y hetairas... Su único oficio y beneficio es frecuentar el Café Americain (probablemente, o melhor bar do mondo), y se pasan la película, como en la canción de Mecano: bebiendo, fumando y sin parar de reír....
Destaca sobre todos ellos el dueño del bar, un tal Rick Blaine (Humphrey Bogart), un tipo sin mesura, duro y sentimental, que masculla sentencias cínicas, vestido con un smoking blanco (plagiado, por cierto, al que usó Garci cuando recogió el Oscar por Voulver a empesar) o con una trinchera y sombrero ladeado. Sin despegar el truja de la comisura, y con exasperante serenidad, es capaz de resolver un triángulo amoroso, a costa de renunciar, con indiferente elegancia, a los encantos de la sinpar Ilsa Lund (Ingrid Bergman), a quien factura junto con su marido. Y aún condena impertérrito, con un sutil arqueo de ceja, el más atroz de los destinos: la felicidad del hogar y la idílica vida conyugal.
Pues bien, ese triángulo, nada equilátero, poco isósceles y muy escaleno, lleva generaciones fascinando a los espectadores. Humphrey Bogart es un ideal de comportamiento para muchos. Compruébese en la hilarante Sueños de un Seductor (Herbert Ross, 1972), donde, a partir de un magnífico guión de Woody Allen, se analiza la patética tragedia cotidiana que resulta de ver una y otra vez Casablanca.
Sin embargo, al ir cumpliendo años, muchos adoradores de la Iglesia bogartiana entraron en crisis de fe, renegando del Mito, llegando a tildarle de cobarde, peripatético, irresponsable e, incluso, en epítetos dignos de Lope de Vega, de hilandera y amujerado . ¡Y todo por renunciar a Ingrid Bergman a cambio del "principio de una hermosa amistad" con Claude Rains!
Pobres bienaventurados. No han entendido el sabio ideal que destila la película. Me explico. Imaginemos que Ingrid Bergman no hubiera partido en el avión hacia más prósperos destinos, y se hubiera apalancado junto a Humphrey Bogart. ¿Cuál hubiera sido su futuro? Aramis Fuster no lo hubiera podido prever, pero cualquier pelagat@s, sí. A no mucho tardar, la bella Ilsa Lund hubiera (de)generado en una fornida matrona de envergadura nórdica, talante vikingo e intransigencia teutona. Le hubiera faltado tiempo para tomar posesión del Café Americain, reservar el derecho de admisión y mandar a la p*** calle a ese zoo de clientes gorrones, cantantes francesas y perdularios varios.
Poco hubiera tardado en abarrotar la trastienda, y convertirla de sala de juego en Kindergarten de una reata de berreantes bogartitos y repelentes ingridicitas. Hubiera sustituido la ruleta amañada por tómbolas benéficas, las timbas de póker por maratones de cinquillo, hubiera cambiado el trapicheo de joyas por demostraciones de Thermomix, y vetado el tabaco, reemplazado el alcohol por sodas acaponadas (Coca Colas, Gatorades y así). El pobre Sam se hubiera visto obligado a tocar "As Time goes by" hasta la extenuación o la demencia...
En fin. ¡Para qué seguir! El Infierno de Dante sería, por comparación, un insulso parque temático. Aún así, Humphrey Bogart tuvo el temple y la sensatez de inmolar la pasión por Ingrid Bergman para proteger el único amor inalterable e imperecedero que el ser humano puede vivir: el amor a un bar. Que los demás amores y pasiones se deben conformar con su caducidad y consolar sabiendo que siempre les quedará París.

Luis de Luis
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