8 mujeres (Huit Femmes, 2002)

Un nuevo cine musical.

Una joven vuelve a su casa para celebrar la Navidad con su familia; al poco tiempo de su llegada, su padre, el único hombre en una mansión llena de mujeres, muere asesinado

Aunque el cine musical tal como se entendía en el pasado está prácticamente extinguido, en los últimos años ha surgido en el cine de autor una cierta corriente de películas que utilizan la música para definir estados de ánimo de los personajes mediante diálogos cantados, mientras otras intentan evocar el encanto de los viejos musicales con bailes y coreografías, aunque con una mirada posmoderna en el filo de la parodia. Las primeras tienen como referencia On connait la chanson (conocemos la canción), una comedia experimental del veterano Alain Resnais de gran éxito en Francia, y las segundas siguen más bien el camino trazado por Woody Allen en Todos dicen I love you. El director Lars von Trier, experto en marketing y en redescubrir la pólvora, integró oficialmente al nuevo musical dentro de la modernidad y de lo cool con la pretenciosa y vacía Bailar en la oscuridad, y hasta el cine español ha explotado el filón con El otro lado de la cama.
Ocho mujeres vuelve a seguir la fórmula -en realidad ya definida hace muchos años por el maestro Jean Luc Godard- de un musical donde los actores no saben ni cantar ni bailar. Coreografías muy sencillas para ocho canciones, una por personaje, versiones muy acertadas de originales de la flor y la nata de la música ligera francesa (Françoise Hardy, Sylvie Vartan, Sheila, Dalida, etc.), que las actrices cantan con una falta de formación musical sobradamente compensada con desparpajo, mucha simpatía y un evidente placer en lo que están haciendo. Las canciones definen de forma estereotipada a personajes igualmente estereotipados en una película que disfruta regodeándose en su extrema teatralidad: una acción que transcurre prácticamente en tiempo real, un único escenario cerrado, y ocho actrices vestidas como muñequitas en una estética a medio camino entre el cómic, la sofisticación y el kitsch.
Tras presentarnos este escenario tópico con una intriga victoriana tópica -un asesino que sólo puede ser una de las ocho respetables mujeres burguesas presentes- la película se dedica a la deconstrucción del thriller de quién es el asesino clásico. Pone las cartas sobre la mesa en una escena en la que una de las chicas dice que si la asesina no ha sido todavía descubierta es porque todas las sospechosas mienten, ya que todas tienen algo que ocultar; anunciada ya la tesis de la película, a continuación cada una de las rocambolescas y divertidas pequeñas miserias de cada uno de los personajes irá saliendo a la luz. Igual que en Gosford Park, de Robert Altman, la intriga policíaca es sólo una excusa para practicar sobre un pequeño y claustrofóbico universo burgués una radiografía, cortante y nihilista en el caso del film de Altman, y esperpéntica y alocada, pero igualmente ácida, en Ocho mujeres.
Pero por encima de todas estas consideraciones, Ocho mujeres es, ante todo, un divertimento y una broma privada de un director y ocho espléndidas actrices que probablemente son los primeros sorprendidos por la exhibición y la importancia que se le está dando al film (elegido para representar a Francia en los oscars de este año), lo que puede levantar unas expectativas muy altas para algo que no pretende ser más que una curiosidad y una obra menor. Las salidas de tono y los altibajos del guión son abundantes, y también incluyen a algún personaje, como el de Emmanuelle Béart, de comportamiento claramente incongruente de unas escenas a otras. Aunque esta última obra suya sea muy simpática y agradable de ver, para apreciar la grandeza de François Ozon, uno de los directores más interesantes del cine francés actual, sería mejor buscar sus anteriores films, la adaptación de Fassbinder Gotas de agua sobre piedras calientes (Gouttes d’eau sur pierres brûlantes), y su coqueteo con el cine fantástico, la exquisita Bajo la arena (Sous le sable).

José Antonio López
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