2666. Roberto Bolaño


Un poco de confusión, de ambigüedad, de investigación es lo que necesita para encontrar sus nuevos caminos la novela policiaca


La mejor novela de género criminal escrita en mucho tiempo estaba ahí, a nuestro alcance, perfectamente visible, como la carta robada, pero había que detectarla en otras listas.
Aunque ni a los críticos y analistas de uno y otro lado -ni a los representantes de la curia literaria ni a los que hablan en nombre de lo policiaco-, ni a los lectores serios, ni a los caciques de la industria, ni a los incondicionales del autor les satisfaga la irreverencia de esta reseña, vamos a cambiar de estantería 2666 para depositarla junto a las obras que vienen a desbloquear los márgenes que, desde su aparición, separaban la literatura de género de la que no lo es, pero empieza a serlo, para enriquecer a la primera y popularizar a la segunda.
Los elementos policiales están en la novela de Bolaño, en sus 1200 páginas, confusa e innegablemente; y un poco de confusión, de ambigüedad, de investigación es lo que necesita para encontrar sus nuevos caminos la novela policiaca.
No creo que 2666 sea la Gran Novela que tantos dicen que es -desde luego es mejor que Cien años de soledad, pero hay muchísimas novelas mejores que Cien años de soledad, y desde luego que no llega a suponer un giro crucial para la literatura en castellano como supuso Rayuela, obras con cuya relevancia se la compara una y otra vez-, su amplitud es falta de contención y, ya lo decía Dostoievski, toda acumulación va en contra del autor, hay en ella agentes narrativos y digresiones innecesarios, se echa de menos una mano enérgica que redondee finalmente el maravilloso caos que la sustenta; y sin embrago se trata de una gran novela, valiente y valiosa y visionaria, a trechos apasionante, capaz de conectar con maestría la desintegración histórica con la de cada uno de sus personajes, de positivar un retrato de la desolación que se te queda dentro.
Casi todos saben la trágica anécdota: Roberto Bolaño consciente de que se le viene la muerte, decide publicar en cinco entregas la magna obra que ha abordado. Prácticamente la termina y muere; el mito está garantizado. El editor, su albacea literario y la familia, con muy buen tino, contrarían al autor y publican unitariamente las cinco partes de una narración cuyos arcos argumentales funcionan por una especie de irregular imbricación de largo alcance.
El resultado es 2666: en la Primera Parte, cuatro críticos de distintas nacionalidades, que terminan enredados en una trama amorosa a cuatro bandas resuelta con una carambola lógicamente inverosímil, confluyen en la indagación sobre el misterioso escritor alemán Benno von Archimboldi, identidad que no se desentraña hasta el final de la obra: la novela enigma está servida. La Segunda y la Tercera Parte, excesivas, están protagonizadas, respectivamente, por un traductor de Archimboldi -el profesor Amalfitano, que asiste impasible al desmoronamiento de su vida y de la vida de los que le rodean-, y por Fate, un periodista negro estadounidense que cubre un combate de boxeo en Méjico, tan pasmado ante la devastación interna y externa como el anterior; ambos sirven para introducirnos en Santa Teresa/Ciudad Juárez, el escenario negro auténtico meollo de la narración. En la Cuarta Parte, la de los crímenes, la novela alcanza su más alta cota y se mantiene ahí, brillante, golpeando, describiendo con la lucidez nacida de la realidad y de la mala leche el genocidio lúdico del subproletariado representado aquí por las mujeres masacradas impunemente a lo largo de los últimos años en esa zona mejicana; relato de serial killer, subgénero carcelario, nuevo periodismo, la teoría del snuff, protagonismo múltiple, subtramas inacabadas, relato fronterizo, crónica del capitalismo más salvaje, indefensión, miedo, corrupción, apocalipsis, ni planteamiento ni nudo ni desenlace, cumbre de la reciente novela negra. En la Quinta Parte, conocemos a Archimbaldi, nos explicamos su vinculación con Santa Teresa, se nos apunta el mundo en ruinas del que procede, la historia termina por la mitad.
A lo mejor, la novela policiaca que se haga en este siglo del demonio será tan libre como 2666, podrá acercarse a los argumentos desde los flancos, conservará los conjuros de la tradición pero será vanguardia, reorganizará sus propios recursos para explorar nuevos territorios sin caer en la inadmisible negligencia de perder la atención de los lectores. Paul Auster, Paco Taibo y otros se están acercando a ese nuevo género extrapolando viejos mecanismos, de probada efectividad, a temáticas hasta ahora inasequibles, y viceversa, usando nuevas fórmulas narrativas para contarnos las peripecias de siempre; quizás el próximo paso del género delictivo, y del resto de los géneros, y el de la literatura, sea el de evolucionar hacia el Género Único.
Para mantener a raya los libros que invaden mi casa, tengo catalogados en un área claramente diferenciada de mi biblioteca los libros de temática policiaca; no creo que, entre ellos, esté fuera de lugar el último de Roberto Bolaño.

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Juan Ramón Biedma
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