El carbonero. Carlos Soto Femenía

Negro como el carbón de encina

Novela negra y rural, sí señores, ese universo tan abigarrado que nos da hasta grima. El recuerdo de Puerto Urraco en el imaginario colectivo y esa venganza licuada, destilada, ejecutada sin la más mínima resma de piedad. Pues imaginen algo así pero con muertos por medio, en este caso la madre de Marc, el protagonista, que apareció muerta con la cabeza partida por un hacha. Ahora le ponemos que la profesión familiar del protagonista, son carboneros y se pasan casi todo el verano en el monte, viviendo en soledad y trabajando en la elaboración de carbón vegetal. 

Ahí ya entramos en un espacio diferente pero no por ello menos salvaje, pues nos acerca a otro tipo de brutalidad que nos lleva a El tesoro de sierra madre y esa sensación continua de esfuerzo, calor y suciedad que lo toma todo y todo lo empecina, lo esquina, lo vuelve agreste y agresivo.

En medio casi un niño y un padre que perdió el norte:

Ahora caminábamos hacia la sitja, él mirando al suelo, muerto y en cierto modo inexpugnable. Tenía la beatitud de quien ya ha caído, la gloria de quien ya no puede ni espera salvarse. Era un barco fantasma en medio del mar, un ánima de las que surcan los caminos al caer la noche

Filos mortales. Joe Abercrombie

El mejor Abercrombie, más violento, más bestia, más entretenido

Nueva entrega del señor Abercrombie, aunque no del mismo estilo, pero sí del mismo lugar. Me explico: El mundo es el mismo, el creado por este fenómeno literario, es decir “Círculo del mundo” y época de “La primera ley”, pero no es una novela al uso, ni tiene un recorrido cronológico consecutivo, sino que son relatos aislados de diferentes épocas de sus libros. 

Ya sabemos que el universo Abercrombie es grande, enorme dirían algunos, pues lo que nos presenta aquí son retazos de diferentes partes de toda su narrativa. 

Por un momento he tenido la sensación de que son estudios preliminares de escenas o de partes de obras superiores que posteriormente se han descartado, no por algo intervienen personajes que aparecen en sus novelas como Sand Dan Glokta o por ejemplo Bremer dan Gorst o Whirrum the Bligh, alias “el tarado” o…

También, y creo que por ser estudios aislados, aparece el Abercrombie mejor, más violento, más bestia y más entretenido, me ha parecido más interesante porque en esos pequeños relatos aparece, con claridad meridiana, muy bien reflejado, el pensamiento del autor, lo cual, para los que nos hemos leído toda su obra y, me incluyo con un tono de auténtico orgullo, parece muy sorprendente.

Ya no quedan junglas adonde regresar. Carlos Augusto Casas

El exceso, el arrebato, el más difícil todavía

Alguien dijo que la novela negra miraba la realidad social a través del vidrio de una botella. En Ya no quedan junglas adonde regresar hay vidrios y botellas —que decida el lector si demasiadas—, y está bastante presente la madrileña calle Montera, pero da la impresión de que el punto de partida para Carlos Augusto Casas ha sido la colección de espejos deformantes del callejón del Gato.

Salvando las distancias con aquel Madrid miserable y bohemio de Valle-Inclán —escurro nuevamente el bulto: decidid vosotros si son muchas o pocas esas distancias—, podemos considerar Ya no quedan junglas adonde regresar como un perfecto esperpento. Parece que la deformación sistemática es la regla principal de Carlos Augusto Casas. El argumento, los personajes, el desarrollo de la trama... Todo excede las proporciones acostumbradas y nos va llevando de sorpresa en sorpresa.

«El Gentleman» es anciano. Se reúne los jueves con su prostituta favorita pero no para sexo; solo aspiran a jugar a que tienen otra vida, que son totalmente felices... Cuatro abogados son los sospechosos del inesperado asesinato de la prostituta. Sin motivación para vivir, «El Gentleman» soltará la artillería pesada...

Todos los detectives llevan prótesis (editorial Prótesis nº 9)

Siempre transitando las zonas menos concurridas de la novela negra

En este 2017 se cumplen 15 años desde que comencé a editar y dirigir la revista Prótesis. Inexperto, animoso, terco y sin rumbo, conseguí aglutinar un grupo de lectores de todas las edades que con los años no ha dejado de crecer. Por el camino fui adquiriendo algo de experiencia y conociendo colegas del mundo literario como Jesús Egido, que siempre ha apoyado esta iniciativa y no ha dudado en pasar a ser editor de la revista. Gracias a este nuevo reparto de tareas y con su apoyo, me puedo centrar en la selección de contenidos y textos, en la redacción, mientras que él aporta toda la experiencia organizativa y todos los demás pasos necesarios para que la revista os llegue en condiciones. Gracias a la colaboración con Jesús, Prótesis va a crecer, nos marcaremos nuevas metas y seguro que nos abriremos camino en nuevos foros.

En estos quince años han sucedido muchas cosas. Demasiadas como para provocar más de un cambio en Prótesis. La primera: la consolidación de la novela negra en España. Ya no hablamos de literatura de guerrilla; no hay que defender ninguna trinchera. Ahora, a grandes rasgos, la novela negra está al alcance de todos y cualquiera tiene una idea, aunque sea aproximada, de lo que se cuece en estas páginas. Esta popularización del género nos libra de la misión de darlo a conocer. Ahora es el momento de jugar de manera cómplice con sus claves, sus personajes, sus lugares comunes… Es el momento de proponer nuevas perspectivas, nuevos escenarios, nuevos planteamientos. De ahí que dediquemos un número completo a los Detectives Raros, todos aquellos que se salen del canon.

Personajes en busca de sentido (sobre La víctima, David Goodis)

Toda la amargura, la marginalidad y las obsesiones

La víctima es la última y póstuma novela de David Goodis, publicada en 1967. No es un mero dato que nos ubique el texto que vamos a comentar. Además nos explica que contiene toda la amargura, la marginalidad y las obsesiones de la obra anterior del autor. Que es mucho contener.

Como dice James Sallis en Vidas difíciles, Goodis escribió un único libro toda su vida y cada libro es un circuito cerrado en el que se nos cuenta la caída de un hombre. Caída que este hombre acepta con pasividad y masoquismo. Esto es exactamente lo que ocurre en La víctima. El protagonista, en el cúmulo de la mala suerte topa con una banda de prófugos, se enamora de la chica y, a partir de ese momento queda enfermizamente vinculado a ella, sin ser correspondido, por supuesto. Vera baila en un club decorado de color púrpura, color de los moretones, «cuando entras aquí te aporrean…Recibes el peor dolor que existe. Es el dolor de ansiar lo inalcanzable».

Calvin Jander empieza el relato ahogándose en la bahía de Delaware. Un hombre que es el «único sostén de una madre viuda y de cierta vagabunda inservible que resulta ser tu hermana. Sólo las dos, pero a veces tienes la sensación de que estás tratando con un enjambre de avispas» no podía empezar su aventura de otra manera. Es este un gran acierto narrativo de Goodis. Ya sabemos que Jander es un náufrago mucho antes de encontrarse con Vera y sus prófugos. Pero, a pesar de todo lucha desesperadamente por mantenerse a flote porque la vida es lo único que tiene y, como dice otro personaje, «lo único que podemos hacer es abrigar esperanzas»

Análisis estilístico de David Goodis

Escritor claro, generoso y creativo

D. Goodis fue una rara avis del noir americano, pues poseía la insólita habilidad de combinar las convenciones del género negro con temas de todo el espectro literario. Dicha temática giraba invariablemente en torno a temas más propios de la filosofía existencial que de la literatura, como la incapacidad del individuo para elevarse por encima de una angustia atávica o lo absurdo de convivir con un mundo indiferente al sufrimiento. La veracidad con la que Goodis habló de estas cuestiones y su talento para convertirlas en un tipo de ficción de masas es lo que hoy día le confiere un aura de genio incomprendido. Veamos algunos aspectos recurrentes de su obra.

En lo referente al desarrollo de la historia, Goodis es un escritor claro, generoso y creativo. Sus historias se despliegan con la típica linealidad del género pero, quizás, con más limpieza de lo habitual. Uno siente que la historia avanza por bloques bien diferenciados que colocan al personaje y al lector en nuevos horizontes y nuevos retos. La superación de cada etapa deja saciado al lector (y hasta un poco exhausto) y con la convicción de que no puede quedar mucho más que decir. Pero al final de la misma siempre sucede un giro totalmente inesperado pero convincente que imprimen un impulso brutal a la historia que le hacen a uno sentirse delante de un prestidigitador que encuentra una y otra vez la forma de intensificar la historia. (Cuántas veces leemos estas valoraciones estilísticas en las reseñas literarias y qué pocas veces son ciertas.).

La chica de Cassidy. David Goodis

Ese estado letárgico donde el fracaso es más llevadero

Filadelfia, ciudad natal de David Goodis, pero no la ciudad de los barrios buenos, de los de clase acomodada, no, para nada, aquí aparece otra Filadelfia. La Filadelfia de los muelles, de los apartamentos que se alquilan por semanas, de los almacenes que salpican las calles, la zona industrial donde la mugre lo cubre casi todo, incluso el Delaware se ensucia al pasar por aquí. 

Eso y un bar como el Boundy, un sitio destartalado, cochambroso, sucio y mugriento, lugar donde se sirve alcohol barato y donde la clientela no va a hacer vida social, va a beber, a beber de verdad. Incluso tienen una habitación para colocar a los que pierden el conocimiento o quieren seguir bebiendo tras cerrar. 

La descripción que hace Goodis del garito tendría que estar en todos los libros de literatura. Tras beber whisky de centeno, barato por supuesto, se pasa al estado dos, al whisky ya directamente en bruto, es decir, arrimar el hombro al coma etílico. Sumirse en ese estado letárgico donde el fracaso es más llevadero, donde la verdad se encierra entre paredes de cristal: