Tumbamuerto y otros relatos criminales caribeños. Alvaro Valderas

Panamá: intensidad, colorido, historias, personajes

Es una grata sorpresa y un enorme placer encontrarse con un libro que recoge un buen puñado de relatos de género criminal. Tanto por sus variadas temáticas, por una escritura más que eficiente, y por traernos un escenario —por lo menos por quien escribe esta reseña—, el de Panamá, que me ha deslumbrado por su intensidad y su colorido de historias y personajes.

El volumen está compuesto por ocho relatos que tratan diversas historias de carácter criminal: el problema de librarse de cadáveres de asesinados, el peso del narcotráfico en la vida cotidiana, historias de asesinos múltiples seriales… Todas estas historias nos son narradas con una economía de medios admirable, imaginamos que reforzado por las restricciones propias del relato, que es capaz de prendernos a sus historias, a sus personajes y a sus diversos escenarios con una fuerza que raramente encontramos en otros libros.

Sus historias tienen siempre un punto inquietante —el autor ya publicó un libro de relatos de este género—, y están llenos de una retranca y un humor negro que estimula y lubrica unas historias bastante cruentas. 

Puro vicio (Paul Thomas Anderson, 2014)

La contracultura deja de ser aquella foto de familia en un entorno edénico

excesos y promesas incumplidas
Hay un conjunto de hechos decisivos que marcan el antes y el después de la Contracultura norteamericana: el comienzo de las tensiones sociales que condicionaron la vida política del país a finales de los 60 y principios de los 70. Los guetos afroamericanos se llenaban de heroína, la represión policial se hacía cada vez más férrea, y una ola de magnicidios (Kennedy o Martin Luther King entre otros) eliminaba del tablero a izquierdistas indeseables en pos de una nueva ola de conservadurismo que llevó al país a una imparable espiral de caos. Como hito relevante, la Contracultura se vio herida de muerte en el año 1969: el 8 de agosto Sharon Tate -esposa de Roman Polanski- y varios de sus amigos fueron masacrados por Charles Manson y su secta; meses más tarde, el 6 de diciembre, durante un recital de Rolling Stones, un Hell Angel apuñalaba a un joven afroamericano que portaba un arma de fuego en un evento gratuito que prometía redimir a la Contracultura de sus propios excesos.

La novela Puro Vicio, de Thomas Pynchon, realiza un retrato de ese momento en el que la Contracultura había dejado de ser aquella foto de familia en entorno edénico para mutar, para convertirse en un monstruo más de la posmodernidad norteamericana y comenzar a exigir un peaje por todos los excesos y promesas incumplidas. La adaptación que Paul Thomas Anderson realiza del texto de Pynchon es un fresco colorista, sensato y acertado con la visión de una época que el escritor conoció de primera mano, respetando el formato de relato neo-noir presente en la novela. La traslación a la gran pantalla no se ceba en ambientes sórdidos y deprimentes, todo lo contrario, el estilismo de Paul Thomas Anderson nos muestra espacios abiertos y luminosos, recorre todo tipo de localizaciones para ilustrar las peripecias de Doc Sportello (Joaquin Phoenix) y del detective Bigfoot (Josh Brolin) -éste más en un segundo plano-. El decálogo del género negro se respeta religiosamente en Puro Vicio: mujeres fatales y otras que lo son menos, una organización criminal que extiende sus tentáculos desde la calle a los despachos de abogados, chivatos, un severo policía -Bigfoot- que parece sacado de la caterva de torturadores de Paranoid Park, y un detective privado que tiene la particularidad de ser adicto a la marihuana y por ello se le abren las puertas del submundo contracultural de Malibú.

Filth, el sucio (Jon S. Baird, 2013)

Oscuro asesinato perpetrado por una pandilla de punks

dislocación, problemas...
El feísmo vende, se ha convertido en paradigma cultural de nuestra era. Si hace no muchos años se tachaba de zafio y sin gusto al relato dislocado y escatológico, en la actualidad es un reclamo comercial explotado por una buena lista de producciones. El feísmo es la actitud punk por naturaleza, la perversión del grial que alegóricamente representa el cuerpo humano, sometido a vejaciones de dudoso carácter humorístico -según los cánones más ortodoxos de la comedia-, drogado, apaleado y reducido a una piltrafa más digna de lástima que de admiración. El personaje de James McAvoy en Filth (2013) nos causa lástima y nos hace reír durante su personal bajada a los infiernos en esta adaptación de la novela homónima de Irvin Welsh. Escritor y novelista de la escena punk británica en los años 80, el escocés sitúa a nuestro antihéroe, Bruce Robertson, en el mismo Edimburgo donde se desarrolla Trainspotting -su anterior adaptación cinematográfica-, pero en un contorno narrativo radicalmente distinto: aquí ya no existe crítica a la política Thatcher que arrojó a las ciudades británicas de provincias a una abisal crisis económica y de arraigo, Filth cuenta el periplo personal de un policía que padece dislocación de la personalidad debido a problemas familiares, un falling down que se tiene lugar durante la Pascua de un año indeterminado, y como aquel Cuento de Navidad de Charles Dickens, a nuestro particular Ebenezer Scrooge se le pondrá a prueba para determinar si merece ser enviado al cielo o al infierno.

Ala de mosca. Aníbal Malvar

Un hombre aplastado por la culpa y los remordimientos

Carlos Ovelar, dueño de una pequeña empresa de fotografía en Madrid, recibe el encargo por parte de un importante abogado compostelano de que busque a su hija Ania, que lleva unos días desaparecida

Que Alberto Bastida, el padre de Ania, piense en Ovelar para llevar a cabo la misión se debe a dos circunstancias: a que Ovelar fue el primer marido de la madre de Ania y a que, en su momento, perteneció a los primeros servicios de información de la democracia española.

El pasado como agente del servicio secreto de Ovelar resulta fundamental en la historia, pues al llegar a Galicia, no dudará de echar mano de algunos de sus antiguos camaradas para intentar desentrañar el misterio de esta extraña desaparición, que se complica al encontrarse en una playa el cadáver del hijo de un importante narcotraficante de la zona.

Las pesquisas de la desaparición y del asesinato, obligarán al protagonista a internarse en el proceloso mundo del narcotráfico gallego, con sus peculiaridades de comportamiento y actitud. A la vez, le fuerzan a hacer un doloroso repaso de su época anterior, tanto como persona como miembro de uno de los grupos más oscuros del espionaje español, obligándole a un acto de contrición por todas las canalladas que realizó, supuestamente por el interés superior que implicaba la defensa del estado democrático.

Ícaro. Deon Meyer

 Sociología de los blancos sudafricanos, mitología que rodea el rugby

En las dunas de un suburbio de Ciudad del Cabo aparece el cadáver del joven empresario Ernst Richter, desaparecido algunas semanas antes. Las singulares características de la empresa de Richter –una empresa informática que proporcionaba coartadas físicas y documentales a adúlteros- y la notoriedad social del asesinado, hace que la comandante Mbali Kaleni, jefa de la Unidad de Delitos Graves y Violentos de la Dirección de Investigaciones Criminales Prioritarias (DICP, más conocida como los Halcones), encargue esta investigación a los detectives Vaughn Cupido y Benny Griessel. 

En paralelo, y aparentemente como otra línea argumental, se nos ofrece el relato que, ante la Abogada Susan Peires, realiza el viticultor y bodeguero sudafricano François du Toit. A través de esta narración conoceremos las peripecias familiares y profesionales de este hombre, lo que permitirá al autor hablarnos de una apasionante historia familiar, de las circunstancias de la viticultura sudafricana, y también mostrarnos ciertos aspectos de la sociología de los blancos sudafricanos, como es la mitología que rodea la práctica del rugby. Pero lo más significativo es que el relato de François du Toit acabará traduciéndose en la confesión de un delito.

Las puertas del infierno. Richard Crompton

Relaciones turbias entre integrantes de la policía y jueces con grupos de oscuros intereses

El detective Mollel ha sido destinado a un pequeño pueblo perdido en un extremo del Parque Nacional de Hell's Gate en Kenia. El destino no ha sido voluntario, sino forzoso, tras los escubrimientos realizados por este esforzado policía de origen masai en la anterior entrega de esta serie, La hora del dios rojo, lo que ha significado su degradación de sargento a mero agente, y el traslado forzoso de la megaurbe de Nairobi, a un recóndito pueblo del interior de Kenia. Tampoco facilitará las cosas, la condición de masai de Mollel, pues en fechas recientes, que ya se describieron en La hora del dios rojo, hubo muy sangrientas matanzas por razones tribales entre diferentes etnias keniatas, lo que convirtieron a Nairobi en un auténtico campo de exterminio. Y dado el origen kikuyu de buena parte de sus compañeros, y la displicencia un tanto aristocrática de los masais frente al resto de etnias, hacen que la presencia de Mollel en la comisaría no circule en los mejores términos.

Y en esta tensa situación la aparición del cadáver de una joven trabajadora de un gran vivero de rosas, pone en marcha al sagaz detective de homicidios que Mollel lleva dentro. Las pesquisas ponen a la luz muy diversas situaciones: desde la precariedad, cuando no directamente semiesclavitud de las trabajadoras de estos grandes viveros, las actividades mafiosas de oscuros grupos de poder, y las relaciones bastante turbias entre diversos integrantes de las instituciones policíacas y judiciales con personajes y grupos de oscuros intereses.

Cuestión de estilo (sobre Lo que nos queda de la muerte, de Jordi Ledesma)

Una burguesía con todos los vicios y ninguna moral. Única finalidad: enriquecerse

Ya está. Voy a hacer un spoiler de este texto y empezar por la conclusión. Lo que nos queda de la muerte de Jordi Ledesma es una novela de aprendizaje. O, al menos, así se lo ha parecido a esta testiga. Ledesma lo deja claro ya en la página diez y seis:

Estábamos creciendo. Mutábamos y lo hicimos en el Tercer Mundo; aunque no lo pareciera, lo era. Y crecimos sin un atisbo de madurez en una sociedad cuyos valores fueron los de “el que no corre vuela”

Un Tercer Mundo de “charnegos y castellanada” porque el Primer Mundo estaba ocupado por dueños de hoteles, restaurantes, barcas y botigas, hijos de pescadores, pero que el turismo había enriquecido, “el turismo financió el abuso sobre el que se edificó su riqueza”.

De manera que en sus primeras veinte, veinticinco primeras páginas magistrales, envolventes, abigarradas, el autor ya nos ha sumergido en el ambiente social y geográfico en el que se desarrollará la acción: una localidad costera catalana que sufre y se beneficia del boom del turismo. Pero, sobre todo, nos ha dejado su atmósfera emocional, nos ha zambullido en un mundo de personajes que nos agarran por los pies para que no salgamos a la superficie a coger aire.